Había una vez un pequeño árbol que vivía en medio de un gran bosque. A su alrededor crecían manzanos, perales, pinos y sauces. Cada uno parecía saber perfectamente quién era y qué debía hacer.
El manzano ofrecía sus frutos con orgullo.
El peral presumía de sus dulces peras.
El pino levantaba sus ramas hacia el cielo, firme y recto.
Y el sauce llorón dejaba caer sus hojas con gracia junto al río.
Pero el pequeño árbol no sabía quién era. Intentó ser como los demás: quiso dar manzanas, tener flores perfumadas o ramas ligeras que se movieran con el viento… pero nada funcionaba.
Un día, cansado y triste, decidió guardar silencio. Ya no quiso parecerse a nadie más. Cerró los ojos y simplemente escuchó su interior. Entonces oyó una voz suave, una voz que no venía del viento ni del bosque, sino de su propio corazón. La voz le dijo:
Eres un roble.
Estás en el mundo para cumplir una misión diferente al resto de los árboles de tu alrededor, pero igual de importante.
Tu tarea es ofrecer fuerza, sombra y refugio. No das manzanas ni flores… das solidez y abrigo.
El árbol sintió cómo la savia recorría su tronco con una nueva energía. Comprendió que cada hoja, cada raíz y cada rama estaban justo donde debían estar. Y por primera vez, se sintió en paz.
Desde aquel día, el roble levantó su copa al cielo con orgullo, sabiendo que no tenía que ser nadie más sino simplemente él mismo.

MORALEJA
Vivimos rodeados de voces —externas o internalizadas— que nos dicen cómo deberíamos ser, y ese ruido constante nos aleja de nuestra esencia y de nuestra propia felicidad.
La moraleja de este cuento nos enseña que, cuando dejamos de estar «hacia fuera», compararnos y aprendemos a escuchar la propia voz interior, descubrimos que ya somos aquello que buscábamos ser. Solo necesitamos darnos espacio y prestarnos atención 🙂


Descubre más desde Mandala Psicologia Psicoterapia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
