La Maternidad y el encuentro con nuestra propia sombra de Laura Gutman

Este artículo propone una reflexión profunda sobre la maternidad y la paternidad desde la perspectiva de Laura Gutman, autora del libro La maternidad y el encuentro con la propia sombra. A lo largo del texto exploraremos cómo la llegada de un hijo no solo transforma la vida cotidiana, sino que también activa procesos emocionales intensos, muchas veces invisibilizados o mal comprendidos en nuestra cultura.

Desde conceptos como el puerperio, la fusión emocional entre madre e hijo y el papel del padre en los primeros años de vida, este artículo busca ofrecer una mirada diferente a los relatos idealizados de la maternidad. Lejos de culpabilizar, la propuesta es comprender qué ocurre en el mundo interno de las madres, los padres y los bebés, y cómo el malestar puede convertirse en una vía de comprensión y crecimiento personal.

Tal y como plantea Laura Gutman en su libro, la llegada de un hijo suele narrarse socialmente como el momento más feliz de la vida. Y aunque puede serlo, también es —casi inevitablemente— el inicio de una crisis vital profunda. No porque algo vaya mal, sino porque la maternidad y la paternidad remueven las capas más profundas de nuestra historia emocional.

El puerperio: una desestructuración necesaria

La cultura actual transmite la idea de que, a los cuarenta días del parto, la mujer debería estar “recuperada”: haber retomado su cuerpo anterior, reincorporarse al trabajo, sostener la casa y reactivar su vida afectiva y sexual. Cuando esto no sucede —que es lo más habitual— aparecen las etiquetas, los diagnósticos o una autoexigencia extrema que aumenta el sufrimiento.

Laura Gutman propone una mirada radicalmente distinta: el puerperio no es una patología, sino una desestructuración emocional y espiritual profunda. Al parir, la mujer pierde muchas de sus referencias habituales —identidad profesional, autonomía, control— y entra en un estado de sensibilidad extrema. Este estado, que muchas describen como “no ser ellas mismas”, no es un fallo del sistema, sino una condición necesaria para poder sintonizar con un bebé que es pura emoción y dependencia.

Desde esta perspectiva, querer “volver a la normalidad” demasiado pronto implica ir en contra del proceso natural de apertura emocional que requiere el vínculo temprano. No se trata de retroceder, sino de atravesar una transformación.

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La fusión emocional: el hijo como espejo

Uno de los ejes centrales del pensamiento de Laura Gutman es la comprensión de que el nacimiento no implica una separación emocional inmediata entre madre e hijo. Aunque el cordón umbilical se corta en el parto, la fusión emocional continúa, especialmente durante el puerperio y los primeros años de vida.

El bebé llega al mundo sin estructuras psíquicas propias, sin filtros racionales ni defensas emocionales. Su sistema nervioso es inmaduro y depende por completo del entorno para regularse. Por eso, no solo necesita alimento y cuidados físicos, sino también coherencia emocional. El bebé no interpreta ni analiza: siente directamente el clima emocional que lo rodea.

Cuando una madre intenta “estar bien” silenciando su tristeza, su miedo, su rabia o su desbordamiento, el bebé percibe igualmente esas emociones, pero sin poder ponerles palabras ni contexto. Aquello que no puede ser reconocido en la conciencia adulta, aparece expresado a través del cuerpo o la conducta del niño.

Desde esta mirada, un llanto persistente, dificultades para dormir, irritabilidad o una demanda constante de contacto no hablan de un niño “difícil”, sino de un niño profundamente sensible. En su libro, Gutman plantea que el hijo se convierte en el portavoz de la sombra materna: esa parte de la historia emocional que no ha sido aún mirada, elaborada o integrada, muchas veces vinculada a la propia infancia de la madre, a carencias afectivas, pérdidas o heridas tempranas.

Lejos de culpabilizar, esta visión resulta profundamente liberadora. Cuando la madre puede reconocer y sostener su propio malestar —sin exigencia de perfección— el niño ya no necesita expresarlo por ella. El síntoma pierde su función.

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El rol del padre: sostener y separar

Dentro de este modelo vincular, la figura paterna cumple una función esencial, aunque a menudo poco comprendida o infravalorada. Laura Gutman describe dos roles fundamentales del padre a lo largo del desarrollo del hijo, que se despliegan de forma progresiva en el tiempo.

Sostener a la madre
Durante los primeros años de vida del bebé, la madre está intensamente volcada en el vínculo emocional. Su energía psíquica se orienta a la supervivencia, el contacto y la regulación emocional del hijo. En esta etapa, el padre no compite por el lugar del bebé, sino que sostiene a la madre.

Sostener implica proteger el nido, hacerse cargo del mundo externo y ofrecer contención emocional. Cuando la madre se siente cuidada, reconocida y acompañada, puede entregarse al vínculo sin resentimiento ni agotamiento extremo. En este sentido, el padre se convierte en el guardián del espacio vincular que permite que el vínculo temprano se desarrolle con mayor seguridad.

Separar e introducir al mundo
Con el crecimiento del niño, cuando aparece el lenguaje, el “yo” y el impulso exploratorio, la función paterna se transforma. El padre pasa a ser quien rompe progresivamente la fusión madre-hijo, introduciendo al niño en el mundo a través del juego físico, el movimiento, los límites y la socialización.

Esta función no solo facilita la construcción de la identidad del niño, sino que también permite que la madre recupere su espacio personal, su deseo y su identidad más allá de la maternidad. Cuando esta separación no se produce, la relación madre-hijo puede quedar atrapada en una fusión prolongada, generando agotamiento, dependencia emocional y malestar en ambos.

Nuestra mirada: la regulación emocional del padre


Desde nuestra experiencia clínica y acompañando a familias, consideramos fundamental añadir un aspecto que no aparece desarrollado en la obra de Gutman: para que el padre pueda sostener y separar, necesita estar él mismo regulado emocionalmente.

Un padre disponible no es solo una figura funcional, sino una presencia viva. Para ejercer su rol de forma saludable, necesita escucharse, cuidarse y estar presente en su propio mundo emocional. Esto implica poder reconocer sus límites, su cansancio, sus miedos y su historia personal, en lugar de quedar atrapado en la exigencia de “ser fuerte” o “resolverlo todo”.

Cuando el padre está emocionalmente presente y regulado, puede sostener sin desbordarse y separar sin violencia. Su presencia se convierte entonces en un anclaje seguro tanto para la madre como para el hijo, favoreciendo vínculos más sanos, flexibles y respetuosos.

Conclusión

La maternidad y el encuentro con la propia sombra nos ofrece una mirada profunda y, en ocasiones, incómoda sobre los inicios de la vida y la experiencia materna. No es necesario estar de acuerdo con todo lo que Laura Gutman plantea ni tomar su enfoque como una verdad absoluta. Sin embargo, resulta innegable el valor de sus aportaciones para comprender la complejidad de la psiquis materna y la enorme sensibilidad emocional que caracteriza los primeros vínculos.

Su obra invita a cuestionar los discursos idealizados de la maternidad, a dejar de patologizar procesos emocionales profundamente humanos y a comprender el malestar no como un fallo individual, sino como un mensaje que merece ser escuchado. Al poner el foco en el mundo emocional de la madre y en la dinámica vincular temprana, Gutman abre un espacio de reflexión que puede resultar profundamente liberador para muchas familias.

Reconocer estas aportaciones no implica adoptar una única forma de criar, sino ampliar la mirada, incorporar nuevas preguntas y acompañar la maternidad y la paternidad con mayor conciencia, respeto y compasión. En ese camino, los hijos no solo crecen: también nos transforman, invitándonos a mirar nuestras propias sombras para poder habitar el vínculo de un modo más auténtico y humano.

Eva González


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