Astiko: reflexiones sobre la muerte, el duelo y el despertar

Morir es transformarse

Cuando hablamos de morir, pensamos en un hecho: morir, ¡pum!, ya estás muerto, fuera. Pero no nos damos cuenta de que morir, en realidad, es como un río.

Un río está fluyendo y transformándose constantemente, como la vida. El río nace y, en el momento de nacer, ya ha muerto; es decir, se ha transformado. Cuando ha bajado por las primeras piedras y ha caído por los primeros peñascos, ya no es el mismo río. Y sigue transformándose.

La muerte es una transformación constante de las formas que adquiere la vida. Porque la vida es un ser, es uno, sin forma. Pero, en el momento en que toma una forma, sabemos que esa forma es transitoria.

Vista aérea de un lago rodeado de vegetación, con el sol saliendo en el horizonte y reflejándose en el agua.

Dentro de nosotros, como dentro de todos los mamíferos y animales, existe un impulso de proteger la vida dentro de este cuerpo físico. Tenemos miedo de que el cuerpo se rompa, de hacernos daño, de morirnos. Y ese es un miedo natural. Sin embargo, no enseñamos a los niños a ver la muerte y la transitoriedad como algo absolutamente natural, como parte del hecho de vivir.

Vivir es ser consciente de que estás en una forma y de que esa forma está impulsada por la misma fuerza a la que volvemos cuando morimos. Es darnos cuenta de que constantemente nos estamos muriendo.

Si no comprendemos esto, la vida se convierte en un intento de impedir la muerte, de evitar la herida del abandono, porque eso es lo que trae la muerte. Cuando estamos constantemente contraídos, intentando impedir el duelo, el dejar marchar y el hecho de que nos estamos transformando, la vida deja de ser plena. Se convierte en una vida llena de seguridades, de cajitas y de límites.

Y, sin embargo, la muerte es inevitable. En algún momento vamos a morirnos, tengamos cuidadito o no, tengamos muchas pólizas de seguro o no. La muerte acontece.

Cuando realmente has mirado la muerte de frente, te das cuenta de que todo nace y todo muere. Entonces empiezas a rendirte a eso, a confiar en algo mucho más grande, algo que vive y late dentro de ti, que te ha dado la vida y que te transformará.

Empezar a confiar y a rendirse es un proceso de muchos duelos.

Cada duelo es una humillación del ego. Es decir: «Ostras, ¡que voy a desaparecer! Las cosas no son como yo quiero que sean. Tengo un deseo, y ese deseo a veces se cumple y a veces no. Tengo una relación que creo que va a ser para siempre y se acaba».

Todo eso son muertes, igual que la muerte del cuerpo.

Un día teníamos veinte años y éramos esplendorosas, y ahora, poquito a poco, la muerte nos hace ver cómo el cuerpo se va deteriorando. Igual que en otoño caen las hojas y luego vuelven a resurgir. Es un proceso tan natural, tan obvio, que parece mentira que todavía estemos luchando tanto contra esa cosa que es la muerte.

No mirar la muerte de frente hace que vivas pequeñito. Vives con miedo. Y luego se muere el abuelo, se muere tu madre, se muere alguien… Es todavía más doloroso cuando muere una persona joven, pero la muerte acontece todo el tiempo. Y es sagrada, es digna y también es algo que se puede celebrar.

Una mano extendida en un fondo oscuro con luz suave.

El duelo como puerta al despertar

A veces, cuando alguien se está yendo del cuerpo, podemos estar ahí sin añadirle nada más que nuestra presencia y nuestra conciencia. Creo que esa es una experiencia que nos debemos todos.

En nuestra sociedad occidental del siglo XXI, la muerte se vive como un final. Y entonces parece una contradicción enorme hablar de celebrar la muerte y abrazar la vida. Si la muerte es el final, ¿cómo voy a celebrarla? Se convierte en algo puramente doloroso, incomprensible.

Pero celebrar la muerte no significa negar el duelo. Es fundamental combinar las dos cosas. Ser humanos significa ser esta identidad pequeñita, esta gota del océano, y al mismo tiempo ser el océano.

Cuando alguien se va, hay un duelo. Y ese duelo también es sagrado. Cuando podemos vivirlo con aceptación y con una apertura a la totalidad de la muerte, el duelo tiene su propio proceso.

Lo difícil es cuando no soltamos, cuando nos quedamos enroscados en el pasado, a veces por amor y agradecimiento, otras veces por remordimiento y culpa.

La vida es dual. Tiene momentos de mucha alegría y luego momentos de profundo dolor y tristeza. Esa es otra cosa que negamos en nuestra sociedad: negamos el duelo, negamos la muerte, negamos las emociones dolorosas y, al hacerlo, negamos la vida.

También sucede en los caminos espirituales. A veces parece que, si estás apegado, tienes que desapegarte; como si sentir dolor fuera una señal de que todavía no has aprendido. Pero no se trata de negar lo que sentimos.

Para simplificarlo mucho, la muerte es la aceptación de cada instante tal y como es.

Este instante, ahora mismo, que puedo vivir con totalidad contigo, ya contiene algo que sabe que es un proceso y que va a terminar. Cuando estoy en profundo amor con alguien, en uno de esos momentos maravillosos, si lo vivo con totalidad, también puede aparecer el miedo de que se acabe.

Nos sucede con todo, en cada momento. Si estamos en contacto con la totalidad de lo que ese instante despierta en nosotros, nos dejamos llevar por el río.

Cuando aceptamos este momento y damos espacio a lo que emerge, ese mismo espacio nos lleva a conocer lo que es la muerte y lo que nunca muere.

Porque lo que muere son las formas. Pero, si abro espacio para percibir lo que hay, en ese mismo espacio reconozco aquello que nunca muere, que nunca ha faltado, que siempre está y de lo cual emergen, nacen y se disuelven las formas.

La muerte en vida significa exactamente esto: que, en la espacialidad del ser, en la conciencia del ser que acoge las formas, puedo permitir que las cosas vengan y vayan y, al mismo tiempo, conocer aquello que nunca muere.

Eso sería la meditación. Y no me refiero a una técnica de meditación, sino al espacio de meditación.

Cuando alguien muere, te das cuenta de que se va su cuerpo, pero también puedes percibir aquello que nunca muere, que también eres tú. Y entonces el duelo cobra espacio. Se transita.

La alegría nos lleva hacia fuera, hacia el amor y el encuentro. La tristeza, en cambio, nos invita a mirar hacia dentro, a menos que intentemos escapar de ella de muchas maneras.

Pero, si miramos honestamente dentro, veremos que entrar en ese dolor puede abrir una puerta. Si sigo ahí, respirando y aceptando, sin dejar que la cabeza se enrede en el «por qué se fue», «por qué pasó» o «por qué tenía que ser así», sino que entro, entro de verdad, llega un momento en el que reconozco aquello que nunca muere.

Por eso, los duelos también pueden ser un camino hacia el despertar.

Ponencia de Astiko con Cristina Melo octubre 2026

Transcripción adaptada Eva González


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