¿Alguna vez has sentido que necesitas descansar de todo, incluso cuando amas profundamente a tu hija o hijo? ¿Has mirado a otra familia y has deseado, aunque solo fuera por un instante, que tu camino fuera un poco más sencillo?
Quizá después hayas sentido culpa por pensarlo. Tal vez te hayas dicho que no deberías sentirte así, que tienes que ser fuerte, tener paciencia y poder con todo.
Pero ¿quién dijo que amar significa no cansarse nunca?
Acompañar a una hija o un hijo con Trastorno del Espectro Autista (TEA) puede ser un camino lleno de amor, aprendizajes y descubrimientos, pero también de incertidumbre, desafíos cotidianos y emociones difíciles de compartir.
Y, en medio de todo ello, hay algo de lo que hablamos poco: las familias también necesitan un espacio donde poder mostrarse vulnerables, sin miedo a ser juzgadas.
En ocasiones, el silencio no nace de la falta de confianza, sino del temor a que alguien interprete nuestros sentimientos como una falta de amor. Por eso, algunas emociones se esconden, se disfrazan de cansancio o se convierten en pensamientos que apenas nos atrevemos a reconocer en soledad.
Sin embargo, sentir algo difícil no nos convierte en malas personas. Nos recuerda que somos humanos.

Cuando la felicidad de otros nos recuerda lo que nos cuesta
A veces, basta con observar a otra familia en una situación aparentemente más sencilla para experimentar una emoción incómoda: la envidia.
Puede que veas a unos padres disfrutando de una actividad cotidiana sin las dificultades que tú afrontas y te preguntes cómo sería vivir con menos incertidumbre, disponer de más tiempo para ti o sentir que algunas cosas no requieren tanto esfuerzo. Entonces aparece la culpa: ¿Cómo puedo pensar esto, si quiero a mi hija o hijo con toda mi alma?
Pero la envidia no siempre habla de lo que deseamos quitarle a otra persona. A veces, habla de aquello que echamos de menos en nuestra propia vida: descanso, espontaneidad, apoyo, tranquilidad o la sensación de que no tenemos que estar pendientes de tantas cosas a la vez.
Puedes alegrarte por otra familia y, al mismo tiempo, desear que tu propio camino fuera menos difícil.
Una cosa no invalida la otra.
El miedo al futuro y las preguntas sin respuesta
“¿Cómo será su vida cuando yo no esté?”,” ¿Contará con los apoyos que necesita?”, “¿Podrá desarrollar su autonomía y construir una vida satisfactoria para él o ella? “. De vez en cuando, estas preguntas surgen en el silencio de la noche.
El futuro es incierto, pero cuando existen necesidades de apoyo, esa incertidumbre se vuelve más intensa. Querer anticiparse a cada dificultad es, en ocasiones, una forma de intentar proteger aquello que más amamos. El problema aparece cuando sentimos que debemos tener todas las respuestas y prever cada obstáculo.
No siempre es posible.
Tal vez el aprendizaje consista en convivir con esas dudas sin resolverlas de inmediato, centrándonos en lo que podemos hacer hoy sin exigirnos tener el mañana bajo control.
El resentimiento al sostener demasiado
Hay cansancios que no se curan durmiendo. Hay momentos en los que pesa la carga mental de gestionarlo todo.
Así puede surgir el resentimiento hacia la pareja, la familia o las personas que no comprenden nuestra realidad. También puede surgir frustración hacia uno mismo por no haber sabido pedir ayuda antes o por sentir que ya no queda energía para nada más. Hablar de esto puede resultar especialmente difícil, ya que tememos que hacerlo signifique dejar de querer a quienes tenemos cerca.
Pero el resentimiento no siempre es ausencia de amor.
A veces, señala una necesidad que lleva demasiado tiempo desatendida, un reparto de responsabilidades que necesita revisarse o una herida que no ha encontrado un espacio donde expresarse. Escucharlo no significa justificar cualquier comportamiento ni responsabilizar a los demás de todo nuestro malestar. Significa atrevernos a mirar lo que ocurre sin negarlo.
Posiblemente detrás de un pensamiento como “estoy harto de tener que ocuparme de todo” haya una petición que nunca se ha formulado con claridad: necesito que me acompañes. Una sencilla conversación honesta puede ser el primer paso para dejar de sostenerlo todo en soledad.
La culpa de no llegar a todo
La culpa suele aparecer cuando la realidad no encaja con la imagen que tenemos de cómo debería ser un buen padre o una buena madre. “Debería tener más paciencia”. “Debería dedicarle más tiempo”. “No debería enfadarme”. “Tendría que saber qué hacer en cada situación”. Poco a poco, estas exigencias pueden convertirse en una voz interior que no descansa.
Criar no es responder perfectamente a todo: implica equivocarse, reparar y reconocer límites. Tu valor no depende de que puedas con todo ni pedir ayuda no significa haber fracasado. Puede ser una forma de reconocer que necesitas apoyo.
Mereces hablarte con amabilidad.
Amar profundamente y necesitar un respiro
Es perfectamente posible amar a una hija o hijo y sentirse agotado. Disfrutar de sus avances y, al mismo tiempo, preocuparse por las dificultades que atraviesa. Sentir ternura y frustración en un mismo día. Desear acompañarle siempre y necesitar, de vez en cuando, un espacio propio.
El amor no elimina el cansancio, no resuelve todas las dificultades ni nos vuelve inmunes a la frustración. Tampoco exige que renunciemos a nuestra identidad, nuestros deseos o nuestras necesidades.
Reconocer esta ambivalencia emocional no disminuye el vínculo con nuestros hijos. También nos permite identificar cuándo necesitamos cuidarnos para poder seguir acompañándolos.
No se trata de sentir siempre lo correcto.
Se trata de poder reconocer lo que sentimos y decidir qué hacemos con ello.
El entorno que no comprende
A las dificultades cotidianas pueden sumarse las miradas y consejos no solicitados: “lo que necesita es más disciplina”, “no es para tanto”, “lo estáis sobreprotegiendo”. Aunque estos comentarios nazcan de la desinformación o de una intención de ayudar, pueden vivirse como una desautorización de la experiencia familiar.
Tener que explicar y defender constantemente las propias decisiones agota. No siempre conseguiremos que los demás comprendan nuestra realidad, pero podemos aprender a poner límites y acercarnos a personas con las que hablar sin sentir que debemos justificarnos continuamente.

Un espacio sin máscaras
Desde una mirada humanista, acompañar es ofrecer un espacio donde poder escucharse, comprenderse y sentirse acogido sin tener que ocultar lo que resulta más difícil de aceptar.
Un lugar donde hablar del miedo sin sentir la necesidad de encontrar respuestas inmediatas, de la culpa sin recibir reproches, del cansancio sin ser juzgados y de la envidia sin que nadie cuestione el amor que sentimos por nuestras hijas e hijos.
No todas las emociones necesitan una respuesta inmediata. El primer paso es poder nombrarlas, comprender qué necesidades expresan y descubrir que no tenemos que afrontarlas en soledad.
O puede que este primer paso sea hacerse una pregunta: ¿Qué llevo tanto tiempo sintiendo y que todavía no me he permitido decir en voz alta?
Tal vez la respuesta sea miedo, cansancio, necesidad de ayuda o añoranza de una parte de nuestra vida. O, sencillamente, que haya días en los que no sepamos cómo seguir adelante sin sentirnos desbordados.
Sea cual sea esa emoción, merece ser escuchada con respeto.
Cuidar de quienes cuidan también importa. La vulnerabilidad no es debilidad y criar no debería significar desaparecer de la propia vida.
No tienes que dejar de ser humano para ser un buen padre o una buena madre. Quizá solo necesites encontrar un lugar donde no tengas que poder con todo.
Mercè Sanz
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