La energía según la bioenergética: ese plano sutil pero presente del ser humano 

La energía siempre ha sido un concepto que, por su naturaleza intangible, ha tenido cierta complejidad para abordarlo, y es relativamente nuevo desde el ámbito de la psicología en los siglos XIX y XX. Varios son los autores que han intentado acercarse, con matices y desde diferentes aristas, a este concepto, del que cada vez somos más conscientes de su existencia e importancia para la salud mental, física y psicosomática de la persona.

Desde Freud, que consideraba que la energía solo era de naturaleza física y la percibía como una causa holística —ya que, según él, era la causa de todos los fenómenos cósmicos, físicos, biológicos y psíquicos—, también atribuía a la energía bloqueada en su expresión natural o por sus vías naturales el origen de ansiedad, reacciones somáticas o síntomas neuróticos. Por ejemplo, hoy en día, en determinadas terapias holísticas, se conciben los bloqueos de los chakras como generadores de síntomas somáticos.

Tal como Freud y Jung creían, la energía era un sistema cerrado, distribuido de forma equilibrada por el organismo. Sin embargo, autores como Lowen y Reich coinciden en que el organismo humano es un sistema de energía abierto, en el cual la energía puede aumentarse o disminuirse. La energía interna de un organismo humano variaría por factores exógenos de tipo social, es decir, ambientales, incluso de naturaleza meteorológica (cielos despejados o aire puro).

La sexualidad no es un tema baladí en las relaciones humanas, y tampoco lo era para los estudiosos de la energía. Freud ponía el foco principal en la contención de energía relacionada con la energía sexual no liberada, mientras Jung creía que no debía limitarse a la sexualidad, sino concebirse como energía vital, atribuyéndole además aspectos motrices y sensoriales. Reich, por su parte, creía que la fricción de dos cuerpos, especialmente en el acto sexual, tenía implicaciones energéticas.

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Autores como Reich consideraron que el organismo humano está dotado al nacer de una cantidad determinada de energía, pero esta se puede aumentar por mecanismos internos y por estimulación externa del entorno social, e incluso de origen expansivo e ilimitado, como el cósmico. También veía una relación directa y más biológica con procesos como el metabolismo, la combustión de alimentos y la respiración, así como con la acción de los sistemas sanguíneo, vegetativo y linfático.

Hablando del organismo humano, Lowen consideraba que existía una relación directa entre los procesos energéticos y la rigidez muscular, determinada por los procesos de expansión y contracción. Dichos procesos fisiológicos estarían relacionados con la actividad de los sistemas nerviosos parasimpático y simpático, así como con la acción de ciertos grupos de iones; por lo tanto, relacionaba también la energía con el aspecto eléctrico o de polaridad.

Pero, ¿cuál es la naturaleza o composición de dicha energía? Freud decía que era eléctrica y, posteriormente, bioeléctrica; para Reich, era energía orgónica de las células; para Jung, la fuerza biológica del organismo, que también relacionaba con todas las manifestaciones psíquicas.

Así pues, se le llamará física, vegetativa, biológica o psíquica según los fenómenos que se observen y cuyas relaciones se intenten explicar, sin que esto determine su naturaleza.

A día de hoy, pese a todas las investigaciones, estudios y teorías, resulta difícil sentenciar o afirmar rotundamente qué es la energía y qué procesos intervienen en ella si nos desprendemos del ámbito biológico o fisiológico. Sin embargo, somos más conocedores y conscientes de su influencia y de que, indefectiblemente, es un factor a tener en cuenta en la interacción social y en determinados ambientes o lugares, influyendo de manera psíquica y somática, de forma positiva o negativa. Por todo ello, es un factor de suma importancia, que no debe obviarse como uno de los elementos primordiales que influencian al ser humano.

Sergio Sánchez


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