En toda relación de pareja se configuran patrones de interacción que organizan la manera en que sus miembros se comunican, toman decisiones, negocian diferencias y se posicionan el uno frente al otro. Estos patrones no suelen ser plenamente conscientes ni estáticos, sino que se construyen y se transforman a lo largo del tiempo, en función de las circunstancias vitales y del contexto sociocultural.
Desde la psicología sistémica y la Escuela de Palo Alto —con autores como Gregory Bateson, Paul Watzlawick y Don Jackson, principalmente entre las décadas de 1950 y 1970— se propuso una distinción fundamental entre relaciones simétricas y relaciones complementarias o asimétricas. Esta diferenciación supuso una aportación clave para comprender cómo se organizan las interacciones humanas.
En este artículo se presentan, en primer lugar, estas formulaciones clásicas tal y como fueron planteadas, y posteriormente se ofrece una revisión crítica desde una perspectiva actual, teniendo en cuenta el contexto sociocultural en el que se desarrollaron y los conocimientos contemporáneos sobre poder, género y jerarquía humana en las relaciones de pareja.

Relaciones simétricas según la Escuela de Palo Alto
En una relación simétrica, ambos miembros de la pareja tienden a situarse en un plano relacional equivalente. Las conductas, las respuestas y la toma de decisiones se organizan desde posiciones percibidas como iguales, buscando la reciprocidad y la correspondencia mutua.
Esta simetría no implica que las personas sean idénticas, sino que ninguna ocupa una posición relacional superior a la otra dentro de la interacción.
Características de las relaciones simétricas
- Participación equivalente en la toma de decisiones.
- Reparto similar de responsabilidades.
- Intercambio recíproco en lo emocional y en lo práctico.
- Capacidad de negociación entre posiciones equivalentes.
Un ejemplo de relación simétrica sería aquella en la que ambos miembros participan de forma similar en tareas como hacer la compra, cocinar, gestionar lo doméstico, atender lo emocional y sostener la relación desde múltiples ámbitos compartidos.
La escalada simétrica
Bateson advirtió que la simetría puede volverse problemática cuando se rigidiza y deriva en una escalada simétrica: una competencia constante por no ceder, por tener razón o por mantener la igualdad a toda costa. En estos casos, el problema no es la igualdad, sino la imposibilidad de flexibilizar las posiciones cuando la situación lo requiere.
Relaciones complementarias: diferenciación de roles
En las relaciones complementarias, los miembros de la pareja no se sitúan en el mismo plano funcional, sino que adoptan roles diferentes pero interdependientes, que se organizan de manera coherente dentro del vínculo. Desde la formulación original de la Escuela de Palo Alto, esta asimetría describe una diferencia relacional o funcional, no una diferencia de valor humano.
En este tipo de organización, la pareja puede repartirse tareas, responsabilidades y áreas de aportación de manera diferenciada —por ejemplo, cuestiones económicas, prácticas, emocionales o de cuidado— siempre que exista un acuerdo explícito o implícito y un reconocimiento mutuo del valor de cada contribución.
Características de las relaciones complementarias funcionales
- Diferenciación de roles y funciones según habilidades, preferencias o momentos vitales.
- Interdependencia: cada miembro aporta algo distinto y necesario al vínculo.
- Sensación de estabilidad y coherencia en la organización cotidiana.
- Reconocimiento del valor de las distintas aportaciones, aunque no sean iguales.
Este tipo de organización puede resultar especialmente útil en determinados momentos de la vida de la pareja, como la crianza, la enfermedad, los cambios laborales o la gestión de proyectos comunes.
Cuando la complementariedad se vuelve problemática
Al igual que ocurre con la simetría, la complementariedad puede dejar de ser funcional si se rigidiza o si se desarrolla en un contexto donde las relaciones de poder están normalizadas.
Uno de los principales riesgos es que la diferenciación funcional derive en desigualdad relacional, especialmente cuando ciertos roles —como los vinculados al cuidado, la gestión emocional o el trabajo doméstico— están socialmente desvalorizados. En estos casos, la persona que los asume puede quedar en una posición de menor reconocimiento dentro de la relación.
Otro riesgo frecuente es la rigidización de los roles. Lo que en un inicio fue una organización práctica y consensuada puede convertirse con el tiempo en una estructura fija, difícil de cuestionar o renegociar. La complementariedad deja entonces de ser una elección compartida y pasa a vivirse como una obligación.
Asimismo, la complementariedad puede encubrir dinámicas de poder, especialmente en contextos patriarcales. Bajo una apariencia de buen funcionamiento o estabilidad, pueden mantenerse desigualdades en la toma de decisiones, en el acceso a recursos o en la legitimidad para expresar malestar.
Cuando la diferencia funcional se confunde con una jerarquía humana, la relación comienza a organizarse desde posiciones de superioridad e inferioridad. En estos casos, la complementariedad deja de estar al servicio del vínculo y se transforma en una relación de poder.
Aquí, el problema no es la complementariedad en sí, sino la pérdida de flexibilidad y de reconocimiento mutuo, que impide revisar los acuerdos y erosiona la percepción de igual dignidad entre los miembros de la pareja.

Revisión crítica desde una mirada actual
Aunque estas formulaciones fueron muy valiosas en su contexto, es necesario situarlas históricamente. La Escuela de Palo Alto desarrolló sus teorías entre los años 50 y 70 del siglo XX, en un momento en el que las relaciones patriarcales estaban ampliamente normalizadas, también dentro del ámbito académico y terapéutico.
En ese contexto, muchas dinámicas de poder —especialmente aquellas basadas en género— no eran nombradas explícitamente y podían quedar encubiertas bajo la idea de complementariedad. Hoy sabemos que numerosas relaciones de pareja que se describían como “complementarias” estaban atravesadas por desigualdades estructurales, donde uno de los miembros (frecuentemente las mujeres) ocupaba posiciones de menor poder real, menor reconocimiento y mayor carga emocional y de cuidados.
Desde una perspectiva actual, resulta imprescindible distinguir claramente entre complementariedad funcional y jerarquía humana. La complementariedad solo puede considerarse saludable cuando se limita al nivel de:
- roles,
- quehaceres,
- aportaciones prácticas y emocionales,
y no cuando implica una posición relacional superior o inferior entre los miembros de la pareja.
Una reformulación necesaria hoy
Desde esta revisión, tanto las relaciones simétricas como las complementarias solo son saludables si parten de una jerarquía humana equivalente, en la que ambos miembros:
- se perciben con el mismo valor personal,
- tienen igual legitimidad para opinar, decidir y negociar,
- y pueden revisar y modificar los roles si dejan de ser funcionales.
Así, una relación simétrica puede organizarse desde tareas y responsabilidades compartidas, y una relación complementaria desde funciones diferenciadas, sin que ninguna de las dos implique desigualdad humana.
El problema no está en la simetría ni en la complementariedad en sí, sino en el momento en que estas se utilizan —consciente o inconscientemente— para legitimar relaciones de poder.
Conclusiones
Las aportaciones de la Escuela de Palo Alto siguen siendo fundamentales para comprender las dinámicas relacionales, pero necesitan ser leídas hoy desde una perspectiva crítica y contextualizada. En un entorno social marcado por el patriarcado, muchas formas de complementariedad fueron interpretadas como funcionales cuando en realidad encubrían desigualdades profundas.
En la actualidad, una relación de pareja saludable es aquella en la que existe igualdad de valor humano, independientemente de cómo se distribuyan los roles. Desde esa base, la pareja puede organizarse de forma más simétrica o más complementaria según sus necesidades, acuerdos y momentos vitales, sin que ninguno ocupe una posición relacional superior a la otra.
Escrito por Eva González en colaboración con Fernando Cana
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