En el proceso terapéutico, Carl Rogers señaló que determinadas actitudes y habilidades del terapeuta influyen de forma significativa en el desarrollo de la terapia. Una de ellas es la confrontación.
La confrontación se entiende como la capacidad del terapeuta para poner en palabras, de manera clara y respetuosa, la discrepancia entre pensamientos, emociones, conductas o narrativas de la persona, con el fin de facilitar la toma de conciencia.
De este modo, el proceso terapéutico no se basa únicamente en la aceptación y la escucha empática. En algunos momentos, el terapeuta acompaña al cliente a observar aquellos aspectos que tiende a evitar o negar, siempre desde un espacio de seguridad y respeto.

La confrontación como continuación de la empatía profunda
En ocasiones, la palabra confrontación puede asociarse a dureza o enfrentamiento. Sin embargo, en el contexto terapéutico, se aleja de este significado. La confrontación surge desde la comprensión empática: es cuando el terapeuta conecta con la experiencia del cliente que puede invitarle a considerar aspectos de sí mismo que hasta ese momento no habían sido explorados.
Confrontar no implica desafiar, sino propiciar la reflexión desde el respeto. Tal como señalan Carkhuff y otros autores, la confrontación puede entenderse como una continuación de la empatía profunda, cuya finalidad es facilitar el reconocimiento de incoherencias, contradicciones o potenciales no desarrollados, favoreciendo así un mayor autoconocimiento.
Una herramienta que requiere sensibilidad y equilibrio
Gerard Egan destaca que la confrontación debe ir acompañada de respuestas empáticas, evitando que el cliente la perciba como un juicio o un ataque, y preservando el vínculo terapéutico.
Por ello, se trata de una intervención que ha de adaptarse a las necesidades de la persona y al momento del proceso terapéutico, considerando el contexto y la alianza establecida. Un uso excesivo o inadecuado puede generar resistencia o incluso afectar al proceso.
En este sentido, el terapeuta se enfrenta al desafío de encontrar un equilibrio entre acompañar sin imponer y favorecer el cambio sin presionar, validando la experiencia del cliente e invitándole a reflexionar desde un espacio de respeto y seguridad.
Tipos de confrontación
Berenson y Mitchell (1974) distinguieron diferentes formas de confrontación:
- Confrontación de discrepancias: se produce cuando la experiencia del terapeuta no coincide con la del cliente. Estas discrepancias pueden manifestarse a través de la comunicación, distorsiones en el relato, conductas defensivas o valores, y se señalan con el fin de favorecer una mayor conciencia.
- Confrontación de recursos no utilizados: orientada a poner de relieve potenciales personales que permanecen inactivos o no reconocidos.
- Confrontación de debilidades personales: dirigida a señalar aspectos vulnerables de la persona. Es la más delicada, ya que puede activar defensas, por lo que requiere un clima de confianza y una intención claramente constructiva.
- Invitación a la acción: busca promover pasos concretos hacia el cambio, ayudando al cliente a salir de la pasividad o el estancamiento.
Cada forma de confrontación requiere que el terapeuta tenga en cuenta el momento emocional de la persona, de modo que pueda ser vivida como una oportunidad de avance y no como una amenaza.

Tipos de respuesta a la confrontación
Las respuestas del cliente constituyen un indicador clave para evaluar la adecuación de la confrontación. Entre las más frecuentes se encuentran:
- Explorar la conducta confrontada: la respuesta más adaptativa y sanadora. A la vez, es la que suele producirse si el terapeuta ha hecho una buena intervención. Se trata de la respuesta en la que el cliente reflexiona sobre el mensaje recibido y examina sus implicaciones, facilitando el cambio. Cuando el terapeuta realiza la confrontación en un contexto desfavorable y/o bien el cliente no está listo para recibirla, pueden suceder las siguientes:
- Desacreditar al terapeuta: responder desde la defensa o el contraataque, lo que suele indicar que la intervención no ha sido bien recibida.
- Intentar convencer al terapeuta: aportar argumentos para invalidar la confrontación, reflejando una falta de aceptación de la misma.
- Restar importancia a la confrontación: aceptar la observación, pero minimizar su relevancia. En estos casos, es necesario valorar si se trata de una reacción genuina o defensiva.
- Buscar apoyo externo: recurrir a terceros para desacreditar la intervención del terapeuta.
- Asentir sin profundizar: mostrarse de acuerdo sin explorar el contenido señalado, cambiando de tema.
Conclusiones
La confrontación puede entenderse como una invitación al crecimiento personal que integra empatía profunda y autenticidad. A través de ella, la persona amplía su conciencia sobre sí misma, reconoce recursos no explorados y avanza en su proceso de cambio.
Confrontar no implica oponerse, sino acompañar desde el respeto y la comprensión. Por ello, esta capacidad constituye uno de los recursos más valiosos del proceso psicoterapéutico.
Escrito por Ariadna Maurici
Revisado por Eva González
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