Los hemisferios cerebrales

Dentro de esa complejidad, hay una distinción fundamental que nos ayuda a comprender muchas de nuestras capacidades cognitivas y emocionales: los dos hemisferios cerebrales, el izquierdo y el derecho. Aunque ambos trabajan de manera complementaria y cooperativa, cada uno tiende a especializarse en ciertos tipos de procesamiento y habilidades.

HEMISFERIO IZQUIERDO

El hemisferio izquierdo está relacionado con el pensamiento lógico, analítico y secuencial. Es el encargado de procesar el lenguaje, tanto en su forma escrita como hablada, y nos permite estructurar el pensamiento de manera lineal. En este hemisferio se desarrollan capacidades como el razonamiento matemático, la resolución de problemas concretos, la planificación y la organización. Gracias a esta parte del cerebro podemos establecer metas, evaluar riesgos, construir argumentos, y tomar decisiones basadas en hechos. Además, controla el movimiento del lado derecho del cuerpo, como parte del cruce neurológico característico del sistema nervioso.

HEMISFERIO DERECHO

Por su parte, el hemisferio derecho tiene una orientación más intuitiva, emocional y global. Este hemisferio no trabaja con palabras, sino con imágenes, sensaciones y metáforas. Está profundamente vinculado a la creatividad, la imaginación, la percepción artística, la empatía y la conexión con las emociones. Nos ayuda a ver el conjunto, a captar la esencia de una experiencia sin necesidad de descomponerla en partes. También está muy conectado con nuestros sentidos y la percepción corporal, lo que facilita una comprensión más integrada y sensible del entorno. Es en este hemisferio donde habita nuestra capacidad para soñar, sentir profundamente y expresarnos a través del arte o la música. Controla el movimiento del lado izquierdo del cuerpo.

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INTEGRANDO HABILIDADES: UNA NECESIDAD INDIVIDUAL Y COLECTIVA

Aunque ambos hemisferios son esenciales y están diseñados para funcionar en armonía, el hecho que la sociedad tienda a favorecer y sobreestimular el hemisferio izquierdo ha hecho que nos desconectemos del potencial de vivir a través de un cerebro interconectado, en el que «razón y corazón» se dan la mano. Desde la infancia, el sistema educativo y los modelos de éxito predominantes nos empujan hacia lo racional, lo medible, lo productivo y lo lógico, en detrimento de lo emocional, lo corporal, lo creativo y lo intuitivo. Esto puede llevar a un desequilibrio en nuestra forma de vivir, pensar y relacionarnos. En este contexto, es fácil que aparezcan comportamientos como:

  • La necesidad constante de estar ocupados o ser productivos.
  • La dificultad para descansar sin sentir culpa.
  • La tendencia a sobreanalizar o racionalizar todo lo que sentimos.
  • La desconexión del cuerpo y de las señales internas.
  • La dificultad para identificar y expresar emociones.
  • La sensación de que no se puede parar o bajar el ritmo.
  • El olvido de lo creativo, lo espontáneo y lo placentero sin finalidad práctica.

Este estilo de vida no solo afecta a nivel individual, sino que configura también entornos laborales, educativos, sociales… Volver a equilibrar ambos hemisferios es un paso hacia formas de vivir más humanas, más conectadas con el cuerpo, el presente y la experiencia emocional. Un recordatorio que la sabiduría no proviene solo de la razón, sino de su integración con la sensibilidad, la intuición y la conexión con uno mismo.

Eva González


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