Estamos viviendo un momento social y cultural en el que el modelo tradicional de pareja está siendo profundamente revisado. Esto se debe a que, por desgracia, sigue siendo demasiado frecuente encontrarnos, dentro de los vínculos, con falta de afectividad, dificultades para la comunicación, ausencia de presencia real, dependencia emocional… sin nombrar las faltas de respeto, los juegos de poder y otros tratos negativos que, de manera normalizada, están presentes en las relaciones en más ocasiones de las que desearíamos. Todo ello son síntomas de una falta de consciencia emocional, afectiva y vincular, que promueve que las relaciones estén basadas más en la herida que en el amor.
Es conocido que lo que destruye una relación no es el conflicto en sí, sino la manera como éste se maneja. En relación a eso, es adecuado nombrar el estudio de John Gottman, teórico reconocido por sus investigaciones sobre la dinámica de las relaciones de pareja. En su trabajo, el autor identifica ciertos patrones comunicativos y emocionales que, cuando se vuelven habituales, predicen con alta precisión la ruptura de una relación. Entre estos destacan actitudes como el desprecio, la evasión, la crítica destructiva y el bloqueo emocional, fenómenos que él denominó como «los cuatro jinetes del apocalipsis relacional». Gottman señala que estas actitudes no surgen de forma espontánea sino que suelen estar profundamente enraizadas en patrones de vinculación emocional aprendidos a lo largo de la vida, muchas veces desde la infancia.
Así, en relaciones donde no se ha hecho un trabajo consciente de revisión y transformación de estos modos de vincularse (es decir, donde no se han cuestionado ni reconfigurado los esquemas relacionales heredados o internalizados), los conflictos pueden activar respuestas defensivas, de ataque o de desconexión emocional en las parejas. En lugar de convertirse en oportunidades para fortalecer la relación a través del diálogo y la empatía, las tensiones se vuelven campos de batalla donde cada parte busca protegerse o imponerse.

Nuevas formas de amar, viejos patrones por transformar
En paralelo, hoy en día se han abierto múltiples formas de vinculación afectiva y sexual. Desde formas de monogamia más reflexiva y consensuada, hasta modelos no normativos como las relaciones abiertas, poliamorosas o acuerdos más flexibles, el panorama relacional es amplio y diverso. Esta pluralidad nos ofrece un abanico de posibilidades más amplio, en el que es posible replantearnos las maneras actuales de estar en las relaciones sexoafectivas y explorar nuevas formas de conexión y vinculación. Con tanta información al abasto, pueden surgirnos las preguntas ¿hacia qué modelo de relación debo mirar para construir una relación? , ¿cuál es el mejor modelo de pareja?
Por otro lado, a pesar del cuestionamiento al modelo tradicional de pareja, y a pesar de la creciente apertura hacia formas diversas de vinculación, lo cierto es que la sociedad sigue careciendo de un adecuado autoconocimiento y conciencia emocional y relacional, situación que dificulta, en la práctica, poder sostener vínculos desde un lugar genuino, seguro y responsable, sea desde la relación monógama o no. En este sentido, es frecuente encontrar a personas que entran en modelos relacionales nuevos, con la expectativa de vivir los vínculos desde un lugar más sano y libre, pero que acaban repitiendo patrones disfuncionales que ya existían en los formatos más tradicionales. Es decir, se sigue perpetuando el mismo malestar pero con una forma distinta.

¿La referencia vincular está… afuera?
Este contexto nos hace replantearnos que, quizás, la vía para construir relaciones satisfactorias no esté en encontrar un «modelo mejor» de relación sexoafectiva. En realidad, creo profundamente que el punto clave para una salud vincular está en desarrollar el suficiente autoconocimiento y la capacidad de gestión emocional como para poder elegir, desde ese lugar de conexión y coherencia interior, el tipo de vínculo que realmente se ajusta a quiénes somos actualmente y qué necesitamos.
Así, ante esta perspectiva, se vuelve necesario plantearnos preguntas como: ¿cómo soy?, ¿cómo me relaciono?, ¿qué busco realmente en un vínculo?, ¿desde dónde me estoy relacionando?, ¿estoy en condiciones de sostener el tipo de relación que deseo?
Por todo ello, más que mirar hacia afuera en busca de un modelo a seguir, esta pluralidad relacional y esta crisis del modelo tradicional nos invita, con más urgencia que nunca, a mirar hacia dentro. Nos insta a encontrar nuestras propias respuestas, a conectar con nuestros deseos, límites y capacidades. Y desde ahí a construir vínculos que resuenen con nuestra autenticidad, poniendo atención en poder habitarlos, luego, con consciencia, cuidado y responsabilidad.
Vincularse desde el autorespeto y la autoescucha
Todo este proceso de mirada interna nos invita a observarnos con honestidad. También a conectar con las heridas que portamos y a trabajar en ellas. A dejar de proyectar en nuestra pareja nuestros peores miedos, conflictos e inseguridades.
Este proceso de autoescucha también nos implica reconocer con calma nuestras fortalezas y también nuestras limitaciones. A presentarnos desde la humildad del ser al otro.
También nos invita a hacernos preguntas específicas como: ¿qué importancia tiene para mí la intimidad emocional?, ¿o el contacto físico?, ¿o los planes compartidos?… ¿Qué espero de la comunicación en pareja?, ¿qué límites son innegociables para mí?, ¿qué miedos tengo?, o ¿qué espero de la otra persona?
Este proceso, aunque a veces desafiante, es una invitación a relacionarnos de manera más consciente y auténtica. De esta manera, nos abrimos a vínculos más saludables, conscientes y satisfactorios, que reflejan no solo lo que deseamos, sino también lo que merecemos.

Claves para vincularnos de maneras más conscientes
A continuación, comparto algunas claves que pueden servir como guía en ese proceso de construcción relacional más consciente y cuidada:
- Escuchar y nombrar con honestidad mis propias necesidades, deseos y límites, sin juzgarme ni minimizarlos.
- Aprender a sostener la diferencia sin sentir la necesidad de cambiar o controlar a la otra persona.
- Revisar y adaptar mis acuerdos de manera consciente, evitando relacionarme e interaccionar desde la rutina o la costumbre.
- Asumir la responsabilidad afectiva, reconociendo el impacto emocional de mis acciones, y abriendo la tolerancia a lo que siente y piensa la otra persona.
- Mantenerme disponible para el diálogo abierto y la renegociación, entendiendo que el vínculo está en constante movimiento.
- Vivir el compromiso desde la libertad y el respeto, no desde la obligación o la presión externa.
Eva González
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