En los últimos años, una nueva consciencia ha comenzado a emerger en el ámbito de la psicología y la crianza: la necesidad de sanar ciertos aspectos de nosotros y nuestra historia, antes de convertirnos en padres y madres. Hasta ahora, esta variable ha pasado muchas veces desapercibida o ignorada, pero hoy sabemos que es fundamental para romper patrones emocionales y criar desde un lugar más consciente y amoroso.
Las heridas no sanadas se proyectan en la crianza
Cuando no hemos trabajado las heridas y traumas emocionales de nuestra infancia, estas experiencias se proyectan inevitablemente en la manera en que nos vinculamos con nuestros hijos y también en la relación de pareja. El modo en que criamos a los hijos no solo refleja nuestras propias experiencias pasadas, sino también cómo hemos aprendido a conectar, expresar emociones y resolver conflictos.
Por ejemplo, en algunos padres puede manifestarse un niño interior que sigue buscando la figura materna, y al convertirse en padre, repite inconscientemente esa búsqueda. Esto puede generar un desequilibrio en la dinámica familiar, ya que la madre puede sentirse sobrecargada al encontrarse con “dos niños” a quienes cuidar, lo que produce agotamiento físico y emocional.
Por otro lado, en algunos adultos que vivieron una infancia en la que tuvieron que reprimir sus emociones, puede surgir una dureza emocional o falta de empatía hacia sus propios hijos, dificultando el vínculo afectivo y la comprensión profunda.
Además, la llegada de un bebé remueve profundamente las estructuras de carácter que forman nuestra identidad adulta y puede activar tensiones en nuestro sistema nervioso. Esto genera una mayor vulnerabilidad que puede afectar la relación de pareja, manifestándose en dificultades de comunicación, desencuentros o mecanismos defensivos que ya tenían raíces en la infancia.

Sanar al niñ@ interior: una decisión transformadora
Sanar la relación con nuestro niñ@ interior es uno de los pasos más valiosos en cualquier proceso de crecimiento emocional. No se trata solo de un gesto simbólico: es una decisión profundamente transformadora, porque toca las raíces de cómo nos vinculamos con nosotras mismas y con los demás.
Nuestra niña o niño interior representa esa parte nuestra que guarda memorias emocionales tempranas: lo que vivimos, lo que entendimos del mundo, los gestos que nos faltaron, los miedos que aprendimos a callar, las necesidades que no siempre fueron vistas ni sostenidas. Muchas de nuestras reacciones actuales —como el miedo al abandono, la dificultad para poner límites, la necesidad de aprobación, el perfeccionismo o la hipervigilancia— tienen su origen en esas vivencias no resueltas.
Sanar al niñ@ interior no significa culpar al pasado, sino responsabilizarnos del presente. Es poder reconocer qué heridas llevamos aún abiertas y darnos el permiso de atenderlas con cuidado, respeto y verdad. En vez de seguir funcionando desde la supervivencia emocional, podemos empezar a vivir desde una presencia más consciente.

Este trabajo influye directamente en cómo gestionamos nuestras emociones, necesidades y vulnerabilidad. Y esta relación que establecemos con nuestras partes internas impacta de forma directa en la calidad de nuestros vínculos de intimidad.
Por ejemplo, cuando no nos damos permiso para sentir tristeza, miedo, rabia o confusión, tendemos a rechazar o minimizar esas emociones también en los demás. Cuando no reconocemos nuestras necesidades o las juzgamos como “demasiado”, solemos esconderlas en las relaciones o exigirlas de formas directas o indirectas. Cuando no podemos estar con nuestra vulnerabilidad, muchas veces terminamos cerrándonos o protegiéndonos a través del control, la distancia o el autoexigencia.
Por el contrario, cuando aprendemos a estar con nosotras mismas con mayor compasión y apertura, también estamos más disponibles para estar con el otro desde un lugar más honesto, más empático y más real. Podemos escuchar sin defendernos, compartir sin miedo al juicio, pedir sin culpa, sostener sin absorber. La intimidad —en cualquier relación que importe— no nace de la perfección, sino de la autenticidad emocional.
Sanar a nuestra niña interior, entonces, no es un acto sólo de amor propio. Es un gesto de responsabilidad vincular. Es dejar de poner en los otros la tarea de llenar vacíos que solo podemos habitar nosotras mismas con conciencia y ternura. Es, en definitiva, crear una nueva forma de estar en el mundo: más libre, más madura, más amorosa.

¿No es acaso eso lo que todos necesitamos? Relaciones donde podamos ser nosotras, sin máscaras ni sobreesfuerzos. Vínculos donde el cuidado circule en ambas direcciones. Presencias que nos miren y nos dejen mirar. Y para eso, la primera relación que hay que sanar, es la que tenemos con nosotras mismas.
Además, este trabajo interior no solo beneficia a quienes van a ser padres y madres, sino que también genera un impacto positivo en la sociedad, pues ayuda a formar nuevas generaciones con mayor equilibrio emocional y capacidad para afrontar los retos de la vida con resiliencia y empatía.
Eva González
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